Seguimos con nuestro repaso al Padrenuestro. Hoy, el perdón.

Todos, absolutamente todos hemos pecado, y seguimos tropezando una y otra vez en nuestras debilidades.

Orgullo, ira, mentira, rebeldía, falta de misericordia, falta de honradez, falta de dominio propio…

Y si bien Dios está dispuesto a perdonar, no hemos de olvidar que cada uno de nuestros pecados tiene consecuencias.

Algunas son pasajeras y menores, otras pueden ser permanentes y graves. Pero hay dos actitudes terribles, porque sus consecuencias son eternas y mortales.

La primera de ellas es no reconocer nuestros propios pecados, porque en ese caso no veremos la necesidad de pedir perdón, y moriremos en nuestros delitos y pecados.

La segunda es no perdonar, porque si no perdonamos, entonces no somos hijos de Dios, y si no somos hijos de Dios entonces somos hijos de Satanás, y estaremos condenados a su mismo fin.

Los cristianos hemos sido llamados a llevar la vida de Dios al resto de nuestros semejantes, y si no somos capaces de amarnos entre nosotros, de amar a la Humanidad perdida y de perdonar, entonces seremos inútiles para mostrar el amor de Dios.

Pero si perdonamos con amor y misericordia, y reconocemos nuestros propios pecados, «…Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad».

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